– La verdad de unas fiestas –

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– La verdad de unas fiestas –

No lo puedo evitar. La Navidad despierta en mí una sensación de malestar. Me disgusta la «presión consumista». No me siento bien ante la «obligación» de felicitar y de recibir felicitaciones. Algo se rebela dentro de mí. No quiero esa Navidad. Pero no es mi intención hacer una crítica fácil del carácter cada vez más superficial de estas fiestas. Disfruto mucho felicitando a las personas amigas. Me gusta el descanso de estos días en el hogar. Es un regalo vivir de cerca la ilusión de los niños. En el fondo de esa «atmósfera» tan especial de la Navidad intuyo lo que los hombres y mujeres anhelan: amor, convivencia pacífica, felicidad, cobijo, amistad. Lo estropeamos de muchas maneras, pero no es difícil ver hacia dónde apunta el corazón humano.

La Navidad me sigue ayudando a captar mejor la verdad última de la existencia. Es posible que todos «creamos» más que cuanto decimos. Es fácil, sobre todo, que nuestro corazón ande buscando la salvación de Dios más de lo que admitimos teóricamente. Nuestra vida está dominada por el Misterio. Nos atrae el bien; necesitamos felicidad total; estamos hechos para amar y ser amados. Buscamos «salvación» y sabemos que no está en nosotros. Podemos darle un nombre u otro. Llamarlo Dios o no llamarlo de ninguna manera. Pero el ser humano anda buscando un Salvador. Desde esta clave puede uno aproximarse a la verdad de la Navidad cristiana. Al misterio, las religiones lo llaman «Dios». A Dios, la fe cristiana le pone un nombre: Amor. Podemos invocarlo con confianza. Dios acepta al ser humano, lo ama y lo salva. Si, estos días, intuimos mejor la verdad que se encierra en el misterio de la vida, y confiamos más en la salvación última del ser humano, estamos «viviendo» la Navidad. Si, además, en el fondo de nuestro corazón se despierta, aunque sea tímidamente, la confianza en Dios y somos capaces de invocarlo: «Yo confío en tu misericordia, mi corazón se alegra con tu salvación» (Salmo 13), estamos celebrando la Navidad cristiana. Estas fiestas seguirán «secuestradas» por nuestra superficialidad. Pasará la Navidad y todo seguirá como antes. Pero la verdad decisiva está ahí: Dios nos ha aceptado tal como somos, seres frágiles y mediocres. El conoce nuestra indigencia. Es nuestro Salvador. Esa es la verdadera razón de la alegría navideña. Lo primero que se nos pide es vivir con alegría: «Os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Estar triste, incluso en Navidad, es fácil. La alegría, por el contrario, exige esfuerzo. Y la auténtica, sólo puede brotar de la confianza en Dios nuestro Salvador.        Jose Antonio Pagola